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Cómo ir hacia la autosuficiencia en nuestra finca

 

Las primeras preguntas que se nos plantean son dos: ¿De qué trata este artículo? ¿Qué es el autoabastecimiento y cuál es su objeto? Pues bien, autosuficiencia no es retroceso a un pasado idealizado en el que las personas se afanaban por conseguir los alimentos por medios primitivos y se quemaban unos a otros, sospechosos de brujería. Es el progreso hacia una nueva y mejor calidad de vida, hacia una vida más grata que el ciclo superespecializado de la oficina o de la fábrica, hacia una vida que devuelve al trabajo el aliciente y la iniciativa diaria, que trae consigo variedad, grandes éxitos en unas ocasiones y enormes fracasos en otras.

Significa la aceptación de una responsabilidad plena por lo que se hace o se deja de hacer, y una de sus mayores compensaciones es la alegría que nace de ver el desarrollo completo de cada tarea, desde sembrar el propio trigo hasta comer el propio pan; desde plantar un campo de forraje para cerdos hasta cortar una lonja de tocino.

Autosuficiencia o autoabastecimiento alimentario no significa "retroceder" a un nivel de vida más bajo. Al contrario, es la pugna por conseguir un nivel de vida más alto, alimentos frescos, buenos y orgánicamente elaborados, una vida grata en un ambiente agradable, la salud corporal y la paz mental que nacen de un trabajo duro y variado al aire libre, y la satisfacción que proviene de la realización correcta y eficiente de tareas difíciles y complicadas.

Otra preocupación de la persona autosuficiente debería ser la actitud correcta hacia la tierra. Si alguna vez se llega a consumir, del todo o en su mayor parte, el petróleo del planeta, habremos de reconsiderar nuestra actitud hacia el único bien real y duradero que tenemos: la tierra. Algún día tendremos que sacar nuestro sustento de lo que la tierra pueda producir sin la ayuda de derivados del petróleo. Puede que no deseemos mantener en el futuro un nivel de vida que dependa exclusivamente de complejos y costosos equipos y maquinarias, pero siempre querremos preservar un alto nivel de vida en los aspectos que realmente importan: buena alimentación, vestimenta, alojamiento, salud, felicidad y relaciones cordiales con los demás. La tierra puede sostenernos sin necesidad de aplicar cantidades ingentes de productos químicos y de abonos artificiales, ni de utilizar maquinarias costosas. Todo el que posea una parcela de tierra debe, sin embargo, aprovecharla del modo más racional, consciente e intenso posible. El pretendido “autosuficiente” que se sienta en medio de una maraña de romazas y cardos a hablar de filosofía debería volver a la ciudad, puesto que no hace ningún bien y ocupa una tierra que debería ser cultivada por otra persona que realmente pueda aprovecharla.

Otras formas de vida, además de la nuestra, merecen nuestra consideración. El hombre debería ser agricultor, no explotador. Este planeta no está destinado exclusivamente a nuestro provecho. El destruir todas las formas de vida que no tienen para nosotros utilidad ostensible y directa es inmoral y, en definitiva, es muy probable que contribuya a nuestra propia destrucción. El aprovechamiento variado y concienzudamente planeado de la granja autosuficiente promueve gran variedad de formas de vida, y todo labrador autárquico deseará dejar en su finca algunas zonas verdaderamente incultas, donde puedan prosperar formas silvestres de vida sin perturbaciones y en paz.

Otra cuestión es la de nuestras relaciones con los demás. Muchas personas retornan de la ciudad al campo precisamente porque la vida en la ciudad, aun estando rodeadas de gente, les parece demasiado solitaria. Un labrador autárquico, que viva solo, rodeado de gigantescas granjas comerciales, podrá también sentirse aislado; pero si tiene cerca a otros como él, se verá obligado a cooperar con ellos y llegará muy pronto a formar parte de una comunidad animada y cordial. Habrá trabajo compartido en los campos, se sustituirá a otras personas en el ordeño y la alimentación de los animales mientras se ausenten de vacaciones, se participará en los trabajos de educación infantil, se erigirán graneros en común, se reunirán los vecinos para la trilla y habrá celebraciones de todas las clases. Se está iniciando ya este género de vida social en las regiones de Europa y Norteamérica en que se va generalizando el autoabastecimiento individual o comunitario.

Las buenas relaciones con la población autóctona del campo son también muy importantes. En mi región, los campesinos tradicionales simpatizan mucho con los nuevos vecinos. Se alegran de vernos restaurar y preservar las antiguas artes que practicaron ellos en su juventud, y les complace mucho enseñárnoslas. Se vuelven locuaces al ver los jamones y las lonchas de tocino colgadas en mi chimenea.

- ¡Eso sí que es tocino de verdad! –dicen-. Mejor que el que compramos en las tiendas. Mi madre solía hacerlo cuando yo era un muchacho. Entonces producíamos todos nuestros alimentos.

- ¿Y por qué ahora no? – pregunto.

- ¡Ah, los tiempos han cambiado!

Pues ahora están cambiando de nuevo.

El autoabastecimiento no está reservado a quienes poseen en el campo una hectárea de tierra. El morado de un piso urbano que aprende a arreglarse los zapatos se está volviendo, hasta cierto punto, autosuficiente: no solo ahorra dinero, sino que acrecienta su satisfacción personal y divinidad. El hombre no fue criado como un animal especializado. No prosperamos si somos como piezas de una máquina. Estamos destinados por naturaleza a ser polifacéticos, a hacer diversas cosas, a poseer diversas habilidades. El ciudadano que compra un saco de trigo a un labrador durante una visita al campo y hace su harina para fabricar pan, elimina un sinnúmero de intermediarios y obtiene pan de mejor calidad; realiza, además, un ejercicio sano al girar la manivela de la máquina de moler. Cualquiera que tenga un jardincillo en su casa de campo puede roturar una parte del césped improductivo, tirar al estercolero algunas de esas horribles y sempiternas plantas resistentes y cultivar allí mismo sus repollos. Con un huerto suburbano de regular tamaño se puede sustentar prácticamente a una familia. He conocido a una mujer que cultivaba los tomates más hermosos que he visto jamás en un macetero, en el duodécimo piso de una torre de apartamentos. A esa altura no le afectaban las plagas.

¡Así pues, buena suerte y larga vida a todos los autárquicos! Y si cada lector de este libro aprende algo que sea útil, que antes ignoraba y no le era fácil averiguar, me alegraré mucho y pensaré que la esforzada labor realizada (no solo por mí, en calidad de autor, sino también por las diligentes y abnegadas personas que han efectuado el trabajo arduo y difícil de componer e ilustrar la obra) no ha sido en vano. (Ver finca de media hectárea)

© 2006-2007. AGRICULTURA SENSITIVA. Derechos reservados. Prohibida su reproduccion total o parcial, sin referenciar la fuente y el Autor, que aparecerá en la parte inferiro del texto; en caso de que no aparezca relacionado, el Autor se referenciará como ARDILA N., LUIS R., [Nombre del Artículo]. (En línea) En: http://www.agriculturasensitiva.com/. Visitado: [Fecha de visita]

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